Seres emocionales

Somos seres emocionales, eso es incuestionable. Cada día se ve más lejana esa disociación entre mente (razón) y cuerpo (emoción) que generó la aportación de Descartes a la concepción del individuo, tomando mayor relevancia la idea de que somos un 1+1=3. De ahí que cada vez sea más importante y se tome más en consideración nuestro mundo emocional. Las emociones están relacionadas en gran medida con nuestras decisiones diarias, con nuestro aprendizaje, con nuestras relaciones sociales, con nuestro bienestar físico, con una correcta alimentación o, incluso, con una recuperación satisfactoria tras una intervención médica. Por ello, es de vital importancia conocer nuestro estado emocional y saber gestionarlo de forma adecuada, ya que no todas las emociones que percibimos son adaptativas, ni todas las formas de gestionarlas son adecuadas.

Imaginemos por un momento que nos despertamos en mitad del desierto, aturdidos, cansados y malhumorados, dándole vueltas al hecho de que no sabemos dónde nos encontramos y quién será el responsable de que nos encontremos allí. Podemos estar mucho tiempo dándolo vueltas a estas cuestiones, alejándonos de lo que debería ser nuestro principal objetivo: buscar ayuda, encontrar agua o, en definitiva, resolver la situación. Algo así nos puede ocurrir a diario cuando nos ofuscamos en buscar culpables sobre nuestra situación emocional o volvemos una y otra vez a nuestro pasado buscando razones o motivos que justifiquen nuestro enfado o nuestra tristeza actuales. Aprender que somos algo más que nuestras emociones, y aceptar aquellas desagradables, es la clave para comenzar a gestionarlas de una forma adecuada.

Ser capaces de gestionar nuestros estados emocionales nos permitirá mejorar nuestra autoestima, ya que nos percibiremos más capaces de afrontar situaciones difíciles y controlar estados de estrés o de pérdida de control. También nos ayudará a mejorar nuestra tolerancia a la frustración, a tomar decisiones con más objetividad y no dejándonos llevar por un estado emocional desproporcionado, o desarrollar una actitud más abierta y tolerante con nosotros y con los demás, al validar las emociones del otro (independientemente de si son acorde a las nuestras o no) y mejorar nuestra empatía.

Si queremos mejorar nuestra calidad de vida y afrontar con más garantías aquellos acontecimientos negativos a los que tendremos que hacer frente, es indispensable tomar conciencia de que somos individuos emocionales, que somos responsables de aceptar aquello que sentimos y decidir, en última instancia, qué hacer con ello.

Nuestra vida emocional, nos corresponde a nosotros.

Publicado originalmente en Revista Diócesis Málaga

Photo by Spencer Dahl

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